Abro la ventana y el mismo panorama,el reloj me recuerda con su incesante tic-tac
que el tiempo no para ni perdona.
Son las dos de la madrugada,
rayos de luz en forma de luciérnagas
alumbran la calle vacía,
el semáforo no desiste en su parpadeo.
Reina el silencio.
Apuro las últimas bocanadas
de un puro que encendí hace horas,
tomo mi medicina antes de ir a dormir,
chupito de pacharán.
A lo lejos se oye el camión de la basura,
en poco tiempo lo tengo en frente de mí,
descarga el contenedor de los deshechos,
(inconfundible hedor)
el basurero siempre le deja la cama
de cartones al mendigo,
éste se lo agradece y regresa a su guarida
cual raposo sostiene en sus fauces
una presa a modo de trofeo.
Parece que es el único ciudadano de esta periferia
al que no le afecta la crisis,
alcanzo a ver su oración antes de dormir,
se santigua,
me santiguo,
me rasco los genitales
mientras doy las buenas noches al barrio
que me vio nacer y crecer.
Mañana será otro día,
otro día igual.









